Ya estamos terminando este año y al igual que cada año que hemos sido capaces de entregar en las manos de Dios nuestra vida, este año ha vuelto a ser una gran aventura.
Lo cierto es que no empezó excesivamente positivo, las expectativas que tenía por delante no eran muy favorables, salvo porque demostrarían dónde estaba puesta mi confianza y me ayudaría a seguir desarrollando mi fe.
Desde prácticamente el principio del año, al buscar a Dios y escuchar lo que Él tenía para decirme y guiarme en mis decisiones, lo único que conseguí por respuesta fue que no hiciera planes, que Él se encargaría de cuidarme y que me iría encontrando el camino según avanzase.
Debo decir que no ha sido fácil, pero hoy estoy aquí y no puedo hacer otra cosa que maravillarme de cómo el Señor ha tenido cuidado de todo, hasta del más mínimo detalle.
Tengo que confesar que no siempre he sido fiel a lo que recibí como respuesta, ya que a pesar de seguir siendo medio cabecita loca y un desastre con el orden, me he convertido en una persona bastante organizada, fanática de las listas de tareas y me ha resultado dolorosamente frustrante no poder hacer proyectos, o simplemente saber qué iba a pasar la semana siguiente… Cada uno de los planes que se me ocurrieron hacer durante ese periodo, fracasó rotundamente, Dios me lo quitaba de en medio. Aún así, las decisiones que tomé, fueron hechas en oración y ayuno, y no siempre fueron fáciles, así que puedo decir con seguridad que cada paso que di fue dirigido por su Espíritu.
Haciendo un resumen, cuando mi empresa cerró, vi que era el momento de marcharme, dejé a mi hija con mis padres y me fui a casa de mi hermana, con la idea de que allí vería cuál era el siguiente paso. Me encontré con cosas asombrosas como un retiro improvisado a última hora donde Dios siguió mostrándose (pero con cuentagotas, debo decir), conocí personas maravillosas e interesantes, traje a mi hija conmigo, hice planes, no sirvieron para nada, volví a hacer otros nuevos, aparecieron inquilinos cristianos de la nada cuando yo había decidido vender y tuve que regresar para sacar todas mis cosas de casa, entonces sin buscarlo llegó una oferta de trabajo y me dije "que no sea por no intentarlo" y resultó ser exactamente lo que Dios quería, así que los esos planes que había hecho nuevos tuve que volver a deshacerlos otra vez, pude comprarme un coche, pero ya no tenía dónde quedarme, así que me fui al piso que mis padres tenían vacío, comencé a trabajar en un puesto con responsabilidad, acomodé mi nuevo hogar y volví a traer a mi hija conmigo. Di más vueltas que un tonto, pero lo mejor de todo es que a lo largo del proceso no dejé de aprender.
Nosotras las personas solemos regirnos por lo práctico y el trajín que me llevé era de todo menos eso. Sin embargo, Dios no se ciñe por standards, su plan va más allá de lo que nuestros limitados sentidos muchas veces pueden percibir, Él trata desde dentro con las personas y cuando somos capaces de seguir confiando a pesar de no entender nada, es cuando le dejamos obrar y todo resulta ser perfecto.
No negaré que lo que tengo por delante sigue siendo un reto, pero creo que lo que dejo atrás es un capítulo cerrado, lo que viene ahora es parte de otra aventura, una aventura emocionante que ya ha comenzado y tiene muy buena pinta, jeje.
Ah, y por cierto, ya tengo permiso para hacer planes de nuevo ;)

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