"Te haré entender, te enseñaré el camino en que debes andar; Sobre ti fijaré mis ojos." (Sal. 32:8)

jueves, 27 de octubre de 2011

Opina menos y haz más

Esta es una parte de un estudio que he leído del pastor Luis Rodas hablando acerca de los que tienen opiniones y teorías para todo y ni siquiera han cogido el arado para trabajar.



Estamos bien.

Hace poco un hermano enseñaba sobre la historia de David y Goliat. Cuando comenzó a leer el encuentro de David con sus hermanos en el campo de batalla vi algo que antes no me había dado cuenta.
David estaba muy tranquilo cuidando ovejas, pero Isaí, su padre, le mandó que vaya al campo de batalla para llevarle provisión a sus hermanos y ver cómo estaban (1 Samuel 17:17,18). Cuando llega David al lugar donde supuestamente se estaba librando la guerra, se lleva una gran sorpresa: nadie estaba peleando ninguna guerra. Un gigante llamado Goliat aparecía día tras día delante del campamento de Israel diciendo: “Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí. Si él pudiere pelear conmigo, y me venciere, nosotros seremos vuestros siervos; y si yo pudiere más que él, y lo venciere, vosotros seréis nuestros siervos y nos serviréis” (1 Samuel 17:8,9). Esto lo había hecho por 40 días, y nadie hacía nada. Incluidos, por supuesto, los hermanos de David. Todos miraban asustados como este gigantón se burlaba de ellos.
Tal vez esperarían que en el trayecto, una de esas mañanas, al ir al encuentro del campamento de Israel, se tropiece descuidadamente y al caer se rompa la cabeza con una piedra. Quizás lo vieron poco vestido y pensarían en la posibilidad de que agarre frío y una pulmonía repentina lo saque fuera de combate. Hasta podemos imaginar a todo Israel orando con voz temblorosa: “Señor haz algo. Señor haz algo”.
En el transcurso de todo aquello encuentra por fin David a sus hermanos y cumpliendo con el mandato de su padre, dice 1 Samuel 17:22 que “preguntó por sus hermanos, si estaban bien”. Mas,  ¿y cómo van a estar? Obviamente bien: ¡si no habían hecho nada!. Su tarea era estar peleando las batallas del Señor pero en su lugar estaban bien escondiditos esperando que un viento frío soplara sobre Goliat. La pregunta estaba un poco de más ¿no? Sin duda ellos estaban bien, sanos y salvos…. y de seguro hasta descansaditos. No habían hecho nada.

¿Y? ¿Fue difícil?

Esto me hace recordar una historia que escuché hace muchos años.
Un hombre estaba evangelizando en un pueblo y comenzó a predicarle a un joven. Éste escuchó el evangelio y decidió seguir a Cristo. Cuando el hombre le preguntó a qué se dedicaba, el joven respondió que trabajaba en las minas. El evangelista le dijo: “Uh, quiero advertirte algo. Los mineros de este lugar son hombres duros. De seguro, cuando se enteren de que ahora eres cristiano, se van a burlar de ti y hasta es posible que tengas problemas con ellos”. El joven le agradeció mucho y se fue a trabajar. A los meses el hombre estaba evangelizando nuevamente en ese pueblo y de pronto se encontró otra vez con el joven minero que había entregado su vida a Cristo. En cuanto se vieron, el joven comenzó a contarle como su vida había cambiado. El evangelista se alegró mucho. Y luego éste le preguntó: “¿y fue difícil vivir tu fe entre los mineros? ¿Se burlaron? ¿Se pusieron violentos contigo?”. A lo que el joven minero respondió con mucha alegría: “No, no, estoy muy bien ¡ni se dieron cuenta de que soy cristiano!”.

Soberbia y la malicia de tu corazón

Igual con los hermanos de David. Ellos estaban perfectamente bien. No habían hecho nada. Pero,  he aquí algo más que interesante: Luego de preguntarle a sus hermanos cómo están, David dice: ” ¿quién es este filisteo incircunciso, para que provoque a los escuadrones del Dios viviente?” (1 Samuel 17:26). Él, aunque apenas es un jovencito, decide ir a pelear contra este filisteo. Y a los hermanos, al darse cuenta de esto, de pronto ¡les viene un precioso ‘celo santo’! Ellos no habían hecho absolutamente nada. Pero eso sí: para criticar con todo fervor, nadie como ellos. Y le dicen a David: “¿Para qué has descendido acá? ¿Y a quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto? Yo conozco tu soberbia y la malicia de tu corazón, que para ver la batalla has venido” (1 Samuel 17:28).
¡De pronto los hermanos de David eran expertos en reclamar responsabilidad al joven y hasta podría parecer que tienen don de discernimiento!
Cómo termina la historia, ya lo sabes. David no tenía tiempo para opiniones. Él les responde: “¿no es esto, mero hablar?” (1 Samuel 17:28). En vez de iniciar un debate por internet sobre opiniones, simplemente fue, le cortó la cabeza al gigante, con su ejemplo les dijo: “así se hace”, y se volvió a su casa.
Hermano: todo eso que dices que la Iglesia debe hacer, sal y hazlo. Ve a los hospitales, predica el evangelio, entrega tu vida, pon en práctica lo que crees que se debe hacer, ejerce tu ministerio, ama a los imposibles de amar, sé integro, toma responsabilidades, experimenta lo que es que en la intensidad de la batalla las fuerzas desaparezcan. Lo que sea que hayas demandado a los demás, sal y hazlo. ¿Cometerás errores? Sí, sí, seguro que muchos pero:
a) Así se aprende.
b) Ahí te darás cuenta por qué razón otros cometen errores: porque no solo opinaronsobre lo que los demás deberían hacer.
Hermano: enséñanos con tu ejemplo como David.


miércoles, 26 de octubre de 2011

La confrontación

"Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda" (Mateo 5:23,24)


Tengo que reconocer que este versículo lo tenía memorizado de una forma totalmente diferente. Creía que si yo iba delante de Dios teniendo algo contra alguien, tenía que ir primero a arreglarlo con la persona y después presentarme delante de Dios. Cuando aquí dice claramente que si ALGUIEN TIENE ALGO CONTRA MI,  vaya e intente arreglarlo. Entendiéndolo de esta manera, se me despejan varias incógnitas:

1.- ¿Qué pasa cuando soy YO quien tiene algo contra otra persona? La respuesta es que lo dejes en el altar. Creo que confrontar a las personas es correcto, pero el motivo debe ser también el correcto. No podemos ir a las personas y soltarles todo lo que tenemos en contra de ellas pretendiendo quedarnos más tranquilos. Eso NO edifica. Al contrario, se levantan muros.

"Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego." (Mateo 5:22)


Jesús nos lo deja bien clarito. Tenemos que saber manejar nuestros enfados.

Hace poquito me enfadé y aunque en un principio había decidido no decir nada hasta llegar delante de Dios para que Él me trajera paz, solté todo lo que se me pasaba por la cabeza ahí mismo, antes de haberlo podido solucionar con el Señor. El resultado fue un desastre. Hubo gente herida por mi culpa y se tardó casi un mes en volver más o menos a la normalidad. Aún hoy creo que hay cosas por solucionar. Esto me enseñó que mis problemas los debo llevar primero a Dios y permanecer ahí hasta que haya sido capaz de dejarlos completamente a sus pies y no recogerlos cuando me levante. Tomar el tiempo necesario, orar, ayunar si es preciso, pero no parar hasta solucionarlo con Dios. Y perdonar, declarar en voz alta que perdonas a las personas que te hacen daño y tomar esa decisión con Dios a tu lado, eso hace que sea efectivo.

La perspectiva correcta es: Jesús es quien defiende mis causas.

Se lo enseñaba el domingo a los niños en la escuelita dominical. Lo que nos diferencia de las personas que no conocen a Dios es que, si nos ocurre algo, nosotros confiamos en Dios, en lugar de quejarnos. Confiamos en que las cosas nos ayudan a bien, como dice la Biblia y no buscamos ni el sentirnos mejor, ni hacer justicia por nosotros mismos. Buscamos la presencia del Señor y ahí abrimos nuestro corazón, para que él ponga en orden nuestro caos.

No olvidemos que el cristianismo es una relación personal. Se trata de cada uno de nosotros y Dios, de como actuamos individualmente. El resto de las personas no son nuestra responsabilidad (exceptuando a los hijos), nuestros problemas nos los comemos nosotros solitos, sin salpicar a nadie, y Dios. Y hasta que no aprendamos a entrar en el reposo, en la presencia de Dios y descansar, lo estaremos haciendo mal.





2.- La confrontación. Se usa ese término para ir delante de alguien y exponer algunos hechos que puedan ayudar a la mutua comprensión, para arreglar un posible malentendido o mostrar a una persona cercana, algún error en el que esté incurriendo. En todo tiempo tiene que ser en amor y nunca para echar cosas en cara. Teniendo en claro, que si no va a haber una edificación, no tiene sentido la confrontación.

"Y conocerás la verdad, y la verdad te hará libre" (Juan 8:32)


Creo firmemente en la importancia de ser una persona transparente. De que lo que se muestre, sea lo que realmente se lleva dentro, o como se suele decir: lo que se ve, es lo que hay. Esas son las personas hacia las que estoy inclinada a confiar. 

En el tema de arreglar las cosas con alguien, también existen las pautas. La Biblia dice que:

"Con misericordia y verdad se corrige el pecado" (Pr.16:6a)


Y también:

"Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado." (Gálatas 6:1) 

En estos versículos podemos ver:

1º- Que conocer la verdad, no nuestra versión, sino la verdad que Dios nos puede revelar sobre cualquier asunto que le consultemos, esa verdad, nos libera.

En el caso de una falta, la verdad viene a ser como el agua que limpia y desinfecta.

2º- Que nuestra disposición siempre debe ser la de amar y perdonar, eso significa tener misericordia.

En el caso de la falta, la misericordia viene a ser la pomada que se da en la herida. Una vez que la herida está limpia por la verdad, la misericordia es el tratamiento que se debe repetir,  una y otra vez, hasta que esté completamente sanada.

Verdad y misericordia. La verdad limpia y desinfecta, y la misericordia cicatriza.

Esas deben ser nuestras pautas de actuación a la hora de ir a confrontar a una persona.




viernes, 21 de octubre de 2011

¿Esclavos o libres?

Ayer escuché una historia que ya había oído antes y me hizo recapacitar.

Bueno, más que una historia, es la explicación de cómo se doma a un elefante.

Cuando el elefante es pequeño, se le pone una cadena atada a la pata. El elefantito intenta escapar tirando de ella, pero no puede. Cuando llega a adulto, ya se ha dado por vencido, así que le quitan la cadena y simplemente lo atan con una cuerdita. Podría dar un tirón y salir corriendo cuando quisiera, pero en su cabeza algo le dice que es imposible. Se ha rendido, ya no lucha más.


                          



Recapacité sobre esto y vi que muchos cristianos vivimos así.

Una persona que ha aceptado a Cristo en su corazón, que le ha puesto como Señor en su vida, debe reconocer que hay un antes y un después de esa decisión. Si su manera de vivir sigue siendo la misma, entonces quiere decir que Dios no ha hecho ningún cambio, no ya porque no quiera hacerlo, sino porque seguramente, no se le ha permitido hacerlo.

Por otro lado, cada persona que se acerca a Dios, trae consigo un equipaje del que debe desprenderse: malos hábitos, conceptos erróneos, aspectos del carácter que no se corresponden con el corazón de Dios...  Hay mucho trabajo que hacer y el proceso dura toda la vida. Sin embargo, no debemos olvidar las bases fundamentales para llevar todo esto a cabo.

1- Dios nos ha cambiado de ubicación:

"El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo." (Co.1:13)

Ya no estamos bajo el poder de Satanás o de este mundo. Ahora formamos parte de la familia de Dios y de todo el paquete que eso conlleva: las promesas, la bendición, la victoria..., y un largo etcétera que viene incluido como consecuencia de nuestra fe.

No obstante, el diablo, al que la Escritura llama "padre de mentira", sigue intentando hacernos creer que seguimos atados, igual que el pequeño elefante. E igual que él, muchas veces estamos derrotados, antes incluso de comenzar la batalla.

Tenemos la capacidad, tenemos las herramientas, lo único que tiene que cambiar es nuestra mente, nuestra forma de pensar, y enfocarnos en lo que Dios dice al respecto.

2- Los milagros son cosa de Dios:

"Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Fi.2:13)

Los cambios en nuestra vida es fruto de poner la fe en Cristo, de pasar tiempo con Dios a solas y desear de verdad agradarle con todo lo que somos.

El ser humano no fue creado para ser un robot y obedecer órdenes, sino que tiene voluntad propia y puede elegir libremente. Aún así, el desconocimiento nunca nos exime de las consecuencias. Puedes beberte un vaso de lejía pensando que es un zumo y el no haberlo sabido, no te va a librar de una úlcera (en el mejor de los casos). De igual modo, el elegir correctamente, puede salvarnos la vida y la eternidad.

Nuestra "tarea" simplemente consiste en poner la fe en el lugar adecuado, o mejor dicho, en la persona adecuada: Dios. El resto es cosa suya. Es la actitud de nuestro corazón la que determina hacia dónde queremos caminar, pero el Señor es quien nos coge de la mano y nos guía.

Dios llegará en tu vida, hasta donde tú quieras que llegue. No limites a Dios. No te quedes atado a algo porque crees que no puedes salir. Dios te ha hecho libre.

sábado, 8 de octubre de 2011

El otro lado de la Gracia

Esta última semana, el Señor me ha estado llevando a examinar más detenidamente lo que está escrito en la Biblia acerca de la gracia.

Ya sé que todos los que nos consideramos cristianos, tenemos un concepto más o menos enfocado hacia el significado general de la gracia de Dios, proyectándolo hacia el despliegue de amor, misericordia y perdón que el Señor tiene hacia la humanidad, sin ésta merecerlo. No obstante, me he visto intrigada a buscar un poco más profundamente y este es el resultado.

"Pero por la GRACIA de Dios soy lo que soy; y su GRACIA no ha sido en vano para conmigo,  antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la GRACIA de Dios para conmigo." (1Co. 15:10)

Antes que nada, quiero hacer la observación de que la gracia no es algo humano, es algo divino, por lo menos la gracia de la que quiero hablar. Este tipo de gracia tiene mucho más que ver con un beneficio espiritual que Dios atribuye a sus hijos, que con un regalo de perdón y amor.

Hay unos cuantos versículos que me llaman mucho la atención.

" Y me ha dicho: bástate mi GRACIA; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo." (2Co. 12:9)

"Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la GRACIA que es en Cristo Jesús." (2Ti. 2:1)

"Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la GRACIA de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados." (He. 12:15)

"Antes bien, creced en la GRACIA y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo." (2Pe. 3:18) 

Todos estos versículos vienen a decir: la GRACIA es suficiente, esfuérzate, no dejes de alcanzarla y crece en ella.



Tal y como yo la entiendo, la gracia puede ser un nivel espiritual. Es decir, no que haya que ganársela o que por méritos propios podamos alcanzarla, pero sí algo parecido a lo que ocurre con la fe. Creo que es algo que debe desarrollarse.

Nosotros los cristianos hemos asumido que hay que crecer en la fe y que la gracia es el regalo inmerecido de salvación de parte de Dios. Sin embargo, yo opino que tanto la gracia como la fe, son estados espirituales en los que debemos vivir y ejercitar. 

Vivir en el espíritu debe significar que tenemos que ser sensibles al mundo espiritual que nos rodea. Y como hijos de Dios, deberíamos llevar adheridos a nuestra identidad el poder de la fe y el poder de la gracia. 

No sé si me estoy explicando bien, tal vez esto no sea para todos, pero voy a intentar hablar más claro.

Los cristianos, como hijos de Dios, tenemos el deber de ser agentes de cambio, personas que lleven el reino de Dios por donde vayamos y ser de bendición. Para que esto ocurra, nuestra relación con Dios debe estar bien fuerte y firme, y el estar en la presencia de Dios debe repercutir en nuestra vida, mostrando Su poder.

Bien, pues la fe es el poder para cambiar nuestro entorno según la voluntad de Dios y la gracia es el poder para transformar cualquier situación en bendición. 

Nosotros debemos ser portadores de ese tipo de gracia y proyectarla hacia las personas, las circunstancias y a nuestro vivir diario.

En 1 Pedro 4:10 dice que somos administradores de la gracia. Es una responsabilidad. Es nuestro deber y privilegio. Es lo que Jesús decía al proclamar que el reino de Dios se ha acercado a los hombres.