"Te haré entender, te enseñaré el camino en que debes andar; Sobre ti fijaré mis ojos." (Sal. 32:8)

viernes, 31 de agosto de 2012

Tiempo de cambios

Después de tanto tiempo y a pesar del cansancio y lo tarde que es, me apetece enormemente ponerme a escribir acerca de los cambios; los cambios que estoy viviendo, los haya elegido voluntariamente o me los haya encontrado de sopetón.

Estoy a las puertas de dar un cambio radical en mi vida. No todo el mundo está de acuerdo conmigo (si tuviera que esperar la aprobación de todos, dudo que hiciera algo...), y hay quien ni siquiera lo comprende (hay que tener paciencia con todos), pero independientemente de lo que yo decida hacer (salvo que me deje arrastrar por la corriente como los peces muertos), las cosas ya han comenzado a cambiar.

Esta última semana he ido como los doce espías a la tierra prometida, para reconocer el terreno y después de comprobar que todo está lleno de gigantes (aunque con el fuego de saber quién es el que está conmigo latiendo fuerte en mi corazón), he vuelto al abrazo de mi hogar, donde uno se encuentra protegido y a salvo, tan a gusto y seguro (sobretodo si comparamos el colchón donde he estado durmiendo estos últimos días -aunque agradezco sinceramente la hospitalidad de mi hermana- y mi maravillosa y confortable cama...), que a uno se le quitan las ganas de ir en busca de cualquier tipo de aventura.

Y estando de esta guisa, tumbada en mi sofá, he prestado atención hacia dónde se dirigían mis pensamientos (es algo que deberíamos hacer a menudo).

Después de haber tomado la decisión de mudarnos estando en oración y ayuno, y tener la seguridad de que es lo que Dios quiere para nuestra vida (la mía y la de mi hija), he visto cómo las dudas se abrían camino hacia mi. Ha comenzado esta mañana, al despertarme y reconocer dónde estaba durmiendo. Un pensamiento de "qué bien se está aquí" y "a saber en dónde voy a tener que dormir a partir de ahora", se han infiltrado sin invitación y me han desarmado sin darme cuenta. Algo parecido ha ocurrido al regresar a casa por la noche y tumbarme en el sofá. Me he puesto a observar mi alrededor y debo decir que realmente me encanta mi casa, tiene mi imprenta y mi perfume por cada rincón ¡Qué aprensión tan grande pensar en dejarlo todo y empezar de cero! Y si siguiera prestando mis oídos a todo lo que mis emociones quieren decir, estaría completamente perdida. Gracias a Dios he sabido ver la mano que se mueve entre las sombras y la alarma ha saltado.

Lo que me ha llamado particularmente la atención en este asunto, ha sido el reconocer que la voz que estaba escuchando, no se parecía en nada a la que Dios suele usar conmigo. Dios nunca jamás defendería mi comodidad frente a un desafío. Jamás me permitiría dar rienda suelta a mi vagancia, ni excusaría mi pereza. El Dios que yo conozco es el Dios que repitió una y otra vez a Josué que para conquistar la tierra prometida debía esforzarse y ser valiente. Ese es mi Dios. El que promete no dejarme ni abandonarme, el que ha mostrado sus indicaciones no para que le obedezcamos como borregos, sino porque son la clave para que todo salga bien y hallar bendición por el camino. En ningún momento dijo que sería fácil, solo dijo que merecía la pena.

Así que, aunque el desprenderme de esta casa y de todas mis cosas, me producen dolor (porque no voy a hacerme la fuerte cuando la realidad es que mi carne se agarra con fuerza a todo esto), obedeceré a la voz que reconozco como la de mi Dios, la que me recuerda que mi confianza no debe estar en la posesión de bienes materiales, sino en Él, en su Palabra, con la vista puesta en las cosas eternas, que son las que durarán para siempre.

Y solo como aclaración: mi hogar será siempre aquel donde ponga mi corazón (y mi corazón le pertenece al Señor).








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