"Te haré entender, te enseñaré el camino en que debes andar; Sobre ti fijaré mis ojos." (Sal. 32:8)

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El perdón

Esto es algo que escribí hace tiempo, pero que Dios ha querido traerlo a mi memoria hace poco y del que hay que echar mano más a menudo.







Cuando poco después de mi regreso a la iglesia, oí un comentario lleno de amargura en contra de mí, me dolió. Sentí rabia y un pensamiento de injusticia se apoderó de mí, pero fui a buscar el rostro de mi Padre. Había tomado la decisión y tenía tan claro en mi corazón que lo único que realmente resuelve los problemas era estar en la presencia de Dios, que en cuanto pude estar a solas, comencé a orar. Le di gracias a Dios por todo, porque Él es bueno y sabio, y pedí perdón por sentir ere sentimiento en contra de otra persona. Le dije lo mal que me había hecho sentir y el dolor que me producía, pero el Señor es fiel. Él me habló y pude sentir su maravilloso amor y su extraordinario perdón. Me dijo que Él era el único que podía juzgar y que me había perdonado, nadie podía condenarme, por lo tanto no debía preocuparme lo que otros dijeran de mí, sólo debía ocuparme de no apartar mis ojos de Él, buscándolo en constante oración.

¡Qué Dios tan maravilloso! En un momento supe en mi corazón que ninguna cosa creada podría separarme jamás del amor de Dios (Ro. 8:39), que Él me ama y que Jesús murió para darme libertad de pecados. Todo lo malo que yo he hecho, incluso lo que pueda hacer, están clavados con Cristo en la Cruz. Él ya cargó con mis faltas, nadie puede condenarme.

De lo único que tengo que estar atenta es de agradar a Dios y no mirar a los demás. Lo más importante es mi relación con el Señor. Solo me importa estar bien con Él haciendo Su voluntad.

También me dijo que su amor era para todos, que al igual que a mí me había perdonado, también lo había hecho con los demás. Si alguien me ofende o me hace daño, lo que tengo que hacer es llevarlo en oración a Su presencia. Los demás ya rendirán cuentas delante del Señor, eso no debería importarme, solo debo procurar que lo que yo haga, esté en Su voluntad y Su voluntad es que yo también perdone igual que Él nos perdonó.

No hay nadie que pueda acusarme y yo NO PUEDO acusar a nadie absolutamente de nada. No soy quién para hacer algo así. Yo también me he confundido y si creo que Dios perdona, sé que Dios perdona a todos.

¡Que Dios me libre de tener yo que juzgar! Porque la venganza y el juicio es mío (He. 10:30), dice el Señor.

Cuando uno se da cuenta de esto, solo puede sentir paz en su corazón. Ya no hay que preocuparse ni de culpas, ni de si sufrimos injusticias, Jesús cargó por todo eso, solo tenemos que disfrutar de esa libertad y liberar a otros de nuestro propio juicio.

Porque no hay justo, ni aún uno (Ro. 3:10).

El dolor que hayas podido sentir por lo que otra persona te haya hecho no es nada comparado con el amor de Dios. Si tienes falta de amor para perdonar, pídeselo a Él, tiene de sobra. Con tu perdón estarás glorificando a Dios, será un milagro para tu vida y entonces habrás aprendido y crecido, estarás haciendo Su voluntad en tu vida.

Sin embargo, cuando juzgas, llenas tu corazón de amargura. Hay que tener mucho cuidado con eso, la amargura puede ser realmente terrible. Crece como si fueran raíces y se va haciendo más y más profunda si no la tratamos a tiempo.

Puedes juzgar a una persona sin darte cuenta de ello, disfrazándolo de disgusto o malestar. Esto te puede llevar a intentar buscar una "segunda opinión" en alguna otra persona, esperando reafirmar los motivos que te llevan a sentir esa apatía hacia la persona que se ha portado mal contigo, de este modo vas sembrando un malestar general del que no podrás sacar ninguna bendición, muy por el contrario, haces daño a tu alrededor, con divisiones y murmuraciones. No permites que la voluntad de Dios se haga en tu vida, porque lo que estás haciendo, aunque no sea tu intención, es dar lugar al diablo, porque el enemigo se goza en todas estas cosas, cuando el inmenso amor de Dios es tomado en vano. Si no perdonas, tu corazón se contamina y se pudre, no hay ni paz, ni amor, ni bendición.

No hay que llegar a ese extremo, puede ser muy peligroso. En cuanto aparezca una sombra de malestar contra alguien, ponlo en oración. No permitas que te amargue. Si has recibido amor, da amor. Busca la presencia de Dios, que Su luz te ilumine y te dé paz en el corazón.

Debemos comprender que, por una razón u otra, el Señor nos ha puesto exactamente donde estamos. Todas las situaciones en las que nos veamos envueltos tienen un propósito, incluso cuando nos ofenden y maltratan, es nuestro deber conseguir dar la gloria a Dios en todas ellas.

Si alguien te ha ofendido, se ha portado mal o te ha dejado de lado, tienes que entender, primero, que se trata de un ser humano igual de imperfecto que tú, por el que Cristo también dio Su vida, amándolo y perdonándolo. Y segundo, algún día tendrá que rendir cuentas delante del Señor, exactamente igual que tú. Cuando llegue ese día, no podemos esperar estar delante del Señor y decir: "Es que esa persona no era buena, me hizo sufrir...". El Señor no te va a preguntar qué te han hecho los demás, sino qué has hecho tú al respecto.

En 1ª de Corintios 11:31, Pablo dice que si nos examinásemos a nosotros mismos, no seremos juzgados. Ocúpate de ti mismo, para que llegues a ser irreprensible delante de Dios.

Es muy fácil echarle la culpa a otro y pensar que tú no estarías mal si no fuera por esa otra persona. Lo difícil es reconocer que Dios ama muchísimo a esa persona, al igual que te ama a ti. Que Dios está haciendo un progreso en su vida, igual que lo hace contigo. Que todos hemos pecado. Que Jesús lo pagó por TODOS.

Si Dios ha perdonado a esa persona, no te creas más que Dios.

Si has dejado que la amargura encuentre un lugar en tu corazón donde poder echar raíces, deja que Dios se ocupe de eso. Humíllate delante del Señor, pide perdón, pide sabiduría y entendimiento, pídele que te llene de Su amor, incluso para tus enemigos. 

Dale gracias por todo lo que Él te ha dado, por Su amor que sobrepasa todo entendimiento, por su maravilloso perdón. Y sé sincero.

Confía en el Señor, es estupendo poder echar ese peso sobre Él.

Que el Señor te bendiga.





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